lunes, 10 de enero de 2011

Gracias por volar con nosotras



Nuria Estébez es copiloto en Austral. Foto: CEDOC

Aunque el porcentaje todavía es bajo, cada vez son más las mujeres que se animan a volar un avión de pasajeros en una aerolínea comercial. En un ambiente masculino por excelencia, no son pocos los obstáculos para las que se lanzan a los cielos.

Por Ana Laura Caruso. Diario Perfil

Muchos hombres todavía se escandalizan cuando, por la calle, ven a una mujer al volante. Deberían saber, sin embargo, que a las damas los autos ya les quedan chicos y hoy se animan a máquinas con algunas toneladas más de peso: los aviones.

A nivel local, el porcentaje de mujeres en aerolíneas comerciales aún es bajo. En Austral hay 4 mujeres piloto en un total de 304 aviadores; en Aerolíneas Argentinas hay 7 entre 850 y en Lan Argentina, 3 entre 185.

Según Nuria Estébez, copiloto de Austral de 27 años, Argentina está atrasada en comparación a otros países: “En United Airlines hay casi la misma cantidad de mujeres que de hombres volando; en Copa Airlines hay cerca de 40 mujeres copiloto y 10 comandantes”.

Abrirse camino en un territorio que hasta hace poco pertenecía exclusivamente a los hombres es un desafío grande. “Las chicas que volamos sabemos a lo que nos exponemos y nos preparamos el triple para compensar eso”, dice Nuria Estébez. “La competencia es mucha y el trabajo es poco. Siempre tenemos que estar rindiendo examen y demostrando que tenemos los mismos conocimientos técnicos que un hombre”.

Al infinito y más allá

En Austral, la primera mujer piloto fue Ana Maluf (de 38 años) en el 2005. Además de ser la pionera en esta aerolínea, también fue la primera mujer en Dinar, donde se desempeñó como piloto desde el 2002 hasta su cierre en 2005.

Maluf asegura que jamás se sintió discriminada por sus compañeros. En todo caso, el principal obstáculo para la mujer piloto son los pasajeros: “La mayoría de las personas tienen mucho miedo a volar y ver a una mujer en la cabina es fuerte”, comenta.

Tal es así que la misma Nuria Estébez vivió en carne propia la reacción de algunas viajeras: “Tuve dos episodios en los que unas señoras se bajaron del vuelo cuando me vieron en la cabina porque dijeron que no querían volar con una mujer”, cuenta.

Esta reacción, al parecer, no es tan descabellada. El psicoanalista Nicolás Wright, que a su vez es Comisario de abordo de Lan Argentina, explica por qué a los pasajeros les da más seguridad que haya un hombre al mando: “El avión es como un gran útero materno, por eso las fobias a volar siempre tienen un componente de claustrofobia (miedo a quedar encerrado en un espacio pequeño). Se necesita a un padre piloto para separar al hijo de la madre y asegurarle que no va a quedar atrapado. El padre impone la ley”.

Wright agrega que las personas con miedo a volar tienen la necesidad de saber quién los está conduciendo. “Es muy importante para ellos ver la figura del comandante, necesitan la contención desde una figura que les inspire confianza en cuanto a la función de guía que cumple”. Pero no todo es color de rosa. El especialista asegura que en el inconsciente de las masas existe la necesidad de tener una autoridad paterna a la cual admirar pero también a la cual asesinar. “Ante cualquier accidente aéreo al primero que se culpa es al piloto. O sea, primero se lo idolatra y después se lo mata”, afirma.

Las azafatas, terceras en discordia

Más allá de los temores de los pasajeros, lo cierto es que no hay razón para creer que una mujer sea menos eficiente que un hombre a la hora de comandar un avión. “El futuro son las cabinas mixtas”, afirma Martín Pasquinelli, copiloto de Austral de 25 años. “Que haya mujeres piloto hoy es algo completamente normal, aunque sea un ambiente en donde todavía predominen los hombres”.

De cualquier forma, las mujeres que vuelan saben a lo que se exponen y están preparadas para ello. Nuria Estébez explica que los hombres no están acostumbrados a volar con mujeres y que les da miedo exponerse demasiado: “A ellos no les gusta la competencia porque equivocarse les pesa más que a nosotras”, dice.

¿Y qué piensan los hombres? El argentino Iván Almada, que trabaja desde hace siete años como copiloto de Air Europa, cuenta que tiene cerca de 20 compañeras piloto: “El hecho de que haya una mujer en la cabina obliga al hombre a ser más respetuoso y formal”, dice. “Cuando hay otro hombre, en cambio, es como si fuera un amigo y se puede entrar en confianza más rápido”.

Aunque todos los pilotos consultados para esta nota aseguraron no tener ningún problema en volar con una mujer, también hay excepciones. Antes de entrar a Austral, Estébez cuenta que vivió una situación desagradable: “Estaba volando en Córdoba para el Rally y cuando llegué al aeropuerto para presentarme ante el comandante, él me miró y me dijo: ‘Me parece que estás equivocada porque yo pedí un copiloto, no una mujer’. Al final me tuve que bancar veinte días volando en con este tipo y soportando sus comentarios machistas”.

En diálogo con Perfil.com, un piloto que por cuestiones obvias pidió que no mencionáramos su nombre, comentó que la tensión no es entre hombres y mujeres piloto sino más bien entre estas últimas y las azafatas: “Las azafatas fueron las primeras en mirar con recelo a las mujeres piloto porque sintieron que había otras disputando su lugar como mujeres”, dijo la fuente.

Nuria Estébez, sin embargo, asegura que tiene muchas amigas entre la tripulación y que la relación es buena: “Con los pilotos los temas son bastante monótonos, siempre hablamos de aviones. Entonces es importante ampliar y tener contacto con otras mujeres; hacer cosas más terrenales, como arreglarse las uñas o ir a la peluquería”.

Sea como fuera, Martín Pasquinelli (Austral) asegura que las mujeres piloto se cuidan de mantener una relación exclusivamente profesional con sus compañeros. Será por esta razón que tanto el psicólogo Nicolás Wright como el mediático Guido Süller, ambos Comisarios de a bordo, aseguran que la mayoría de las mujeres piloto no se producen demasiado. “Las copiloto van sin histeria a trabajar”, asegura Wright.

A lo que Süller agrega: “Son muy serias. No van arregladas, sino simplemente con su uniforme, sin maquillaje y con el pelo recogido. No quieren despertar una imagen de provocación ante sus compañeros”. Provocativas o no, lo cierto es que estas damas no reniegan de usar tacos de 3 ó 4 centímetros y hacerle pequeñas reformas al uniforme
para verse más femeninas. “No usamos pollera porque el comando del avión está entre las piernas y nos obligan a usar corbata, pero nuestro uniforme es un poco más entallado que el del hombre. El pantalón es tiro de mujer y con el cierre al costado”, dice Estébez. “Intentamos que sea lo más femenino posible”.

Pioneras de la aviación

La primera dama que obtuvo una licencia de piloto fue la baronesa Raymonde de la Roche, en 1910. En 1932, la aviadora norteamericana Amelia Earhart se hizo célebre por ser la primera mujer en realizar la travesía del Atlántico en solitario. En Sudamérica, la primera aviadora fue la argentina Amalia Celia Figueredo de Pietra, quien hizo
su vuelo de bautismo en 1914 con Jorge Newbery. En 1933, Carola Lorenzini (Argentina) obtuvo su carnet de aviadora civil, en 1935 pasó a la historia por batir el record sudamericano femenino de altura y en 1940 se unió en un raid aeronáutico por las catorce provincias.

Mientras tanto, en 1937, Susana Ferrari Billinghurst marcó un hito en la aviación argentina, al convertirse en la primera mujer en obtener licencia comercial de aviación.

Con semejantes antecedentes, resulta curioso que haya tan pocas mujeres piloto en las líneas aéreas argentinas. El psicólogo Nicolás Wright arriesga una hipótesis sobre el tema: “El manejar es parte de la genética del hombre. El hombre es más impulsivo, descarga por lo motor. Y el piloto debe ejecutar, apretar botones… Es algo más
básico, más literal. No sirve que haya un filósofo o psicólogo al mando que reflexione y dude de todo. Se necesita alguien eficiente. La mujer, en cambio, está más del lado de la metáfora y tiene características que en general la llevan a elegir otro tipo de profesiones”, afirma.

En Aerolíneas Argentinas, la primera mujer piloto fue Silvana Arguedas, que ingresó a la empresa en 1988. La segunda fue Viviana Benavente, en 1997. Las dos habían trabajado un tiempo breve antes en LAPA. En Austral, la primera mujer piloto fue la ya mencionada Ana Maluf, en 2005. Nacida en el seno de una familia de aviadores, Maluf cuenta: “En mi familia no hay médicos ni abogados. Mi papá era piloto y también lo eran mis primos y mis tíos. Somos cuatro hermanos de los cuales tres volamos”.

Los comienzos no fueron fáciles. Ana tuvo que convencer a su padre, que quería que estudiara otra cosa, de que le pagara el curso (se calcula que cada hora de vuelo cuesta cerca de 300 pesos y se necesitan 900 horas para ser piloto de línea aérea, aunque la mayoría de los pilotos amortizan el costo dando clases de aviación mientras se
forman).

La copiloto Andrea Tarruella, que ingresó el año pasado a Lan Argentina, atravesó un camino similar. Ella también venía de una familia que incluía papá piloto, además de tíos y primos. Pero cuando decidió empezar el curso, al contrario de Ana, su familia estuvo de acuerdo. Finalmente, en 1988 entró a LAPA, empresa en la que estuvo
hasta su cierre en 2001.

Nuria Estébez, de 27 años, recorrió un camino distinto al de Maluf y Tarruella. Ella no venía de una familia de aviadores pero iba seguido a Aeropaque con su papá, que la llevaba a ver los aviones despegar. A los 16 años, anunció que quería ser aviadora. “Esa misma tarde -cuenta Nuria- mi papá me llevó a un Aeroclub por zona sur e hice el vuelo de bautismo en una avioneta. A la semana estaba empezando el curso”.

Con los pies en la tierra: vidas privadas

En el plano personal y afectivo, las cosas no son fáciles para las que se aventuran al aire. La ocupación exige una enorme disposición. “El tema de la pareja es complicado”, comenta Nuria Estébez. “No estamos nunca y no tenemos horarios fijos. Para una persona que no vive de esto es difícil de entender. Por ahí te levantás a las cuatro de la
mañana y al día siguiente dormís hasta la una de la tarde. La noche anterior a un vuelo no podés dormir poco o salir a tomar algo porque después tenés una responsabilidad inmensa”.

Además, agrega: “Si tu pareja no tiene plena confianza surgen problemas de celos, porque uno se va dos o tres días de viaje con el resto de la tripulación y siempre está el mito de lo que pasa en las postas, que en general es mentira, pero que existe”.

La postura del Ana Maluf es distinta. Casada con un piloto, es madre de una mujer de 15 y un varón de 7: “La mayoría de las mujeres que empezaron conmigo han dejado la carrera por la familia o porque sus novios no estaban contentos con que trabajaran entre tantos hombres”, comenta. “Mi vida es la vida de una mujer normal que trabaja. Nunca tuve que dejar nada por mi profesión. Las azafatas viven de la misma forma y los médicos se pasan días de guardia. No es tan distinto”. Algo parecido sucede con Andrea Tarruela, quien también está casada
con un piloto y tiene tres hijos de entre 12 y 20 años. Aunque su marido ahora está viviendo en los Emiratos Árabes (donde ella estuvo viviendo hasta hace poco) y la distancia los separa, Andrea asegura que la carrera de aviación es muy linda para una mujer: “Hay mujeres que pasan nueve horas fuera de su casa, en una oficina. Para las piloto es algo parecido, pero repartido distinto”.

Lo cierto es que cuando llega la cigüeña, no hay lugar para dos voladoras en los cielos. “Apenas se sabe que una mujer está embarazada, la empresa la baja de vuelo”, cuenta Andrea. “Es riesgoso para el bebé si hay una despresurización o cualquier cosa”.

Además, si ambos padres son pilotos, se debe recurrir a una ayuda externa. Ana Maluf dice: “Tenemos una chica con cama adentro que los cuida. Cuando alguno se enferma y ninguno de nosotros está, recurrimos a familiares. La semana pasada la operaron a mi hija de apendicitis y por suerte yo pude llegar a la operación, pero podría haber salido diferente”.

A pesar de los obstáculos, nadie reniega de su pasión. Hoy hay mujeres audaces que se animan a cruzar los cielos en tacones y desafiar los estereotipos para demostrar que las chicas ya no se quedan esperando a que un Howard Hughes se baje del avión y las pase a buscar. Ahora, ellas tienen vuelo propio.

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