miércoles, 2 de marzo de 2011

Accidente aéreo en Salta


El piloto sobrevivió de milagro al estrellarse una avioneta en Metán

La aeronave cayó y se habría incendiado. Sin poder ver logró salir y recorrió, arrodillado, 50 metros por el monte.

Un joven cordobés sobrevivió ayer de milagro al estrellarse la avioneta que pilotaba cuando fumigaba cultivos en el paraje Yatasto, al sur del departamento Metán. La víctima fue identificada por la Policía como Héctor Londero, de 28 años, quien tiene residencia en Colonia Caroya e iba a bordo de una avioneta Cessna.

Una falla mecánica habría provocado el siniestro, pero los motivos se conocerán oficialmente luego de las pericias que hoy por la mañana realizarán miembros de la Junta Investigadora de Accidentes de la Fuerza Aérea.












La aeronave cayó en un monte virgen, en una zona de serranías ubicadas al oeste de la ruta nacional 34. “Empleados de la finca Amasuyo vieron caer la avioneta. Sintieron una explosión, vieron humo y dieron aviso a las 10.05. Inmediatamente organizamos el rescate con 25 efectivos de Bomberos de la Policía y voluntarios y personal de Criminalística”, informó a El Tribuno el jefe de la Unidad Regional 3, Regino Monteros.

Una comisión policial lo encontró en pleno monte. El joven de Córdoba está internado en el San Bernardo

Luego de atravesar con dificultades seis cerros del sector, abriéndose camino con machetes y luchando con las tuscas y ortigas, los rescatistas llegaron a la zona guiados por lugareños y por dos avionetas de Rosario de la Frontera y de Metán.

Luego del impacto Londero logró salir de la avioneta. No podía ver porque aparentemente le entró agroquímico en los ojos, además tenía el brazo izquierdo quebrado y varias lesiones. Sin embargo, de rodillas logró recorrer más de 50 metros por el monte tupido, con más de 30 grados.

“Ibamos ocho en la comisión que lo encontró a las 13.15, cuando respondió a nuestro llamado. Estaba de rodillas, consciente, pero no podía contar lo ocurrido porque estaba shockeado. Se desmayó en cuatro oportunidades”, dijo la segunda jefe de la Unidad, Susana Fischer.

El piloto tenía escoriaciones en todo el cuerpo por las lesiones que sufrió en el impacto y por las lastimaduras que padeció al recorrer el monte para salvar su vida.

El rescate

Los empleados y profesionales de la finca colaboraron con las tareas de rescate. El piloto fue trasladado 6 kilómetros hasta un sector donde una topadora acondicionó el lugar donde aterrizó el helicóptero del 9-1-1, que lo trasladó al hospital San Bernardo.

“No vimos la avioneta porque no llegamos al lugar. Priorizamos el rescate con vida del piloto que estaba ya a más de 50 metros de la aeronave. Creemos que podría haberse incendiado. Personal de la Fuerza Aérea llegará mañana (por hoy) a Metán para realizar las pericias. Van a estar acompañados por policías de Criminalística”, destacó el jefe policial.

No se intoxicó con órganos fosforados


Las versiones que señalaban que el piloto Héctor Londero, además de los múltiples hematomas, habría sufrido intoxicación por órganos fosforados fueron desmentidas por el jefe de la guardia del San Bernardo, Daniel Cima. El profesional indicó anoche a El Tribuno

que “el paciente no se intoxicó. Cuando lo trajeron tenía el cuerpo cubierto de órganos fosforados, pero se pudo controlar a tiempo y no llegó a ser intoxicación”. Dijo que Londero está estable y que permanece en la Guardia de Emergencias.








Un piloto se estrelló con su avioneta en Salta y sobrevivió para contarlo

02/03/11

Héctor Londero, 28, le relató a Clarín: “De golpe vi que se incendiaba el avión”.

PorJesús Rodríguez
Salta. Corresponsal




H éctor Lóndero, cordobés, 28 años, descubrió que la eternidad puede durar una hora y media y que un monte serrano se puede convertir en una selva de la que no se puede escapar. Sin agua ni señal de celular y con su codo izquierdo fracturado, logró esquivar a la muerte. Se orientó con el sol y una brújula, tras sobrevivir a la caída del avión fumigador que piloteaba en la Estancia San José de Yatasto, en Metán, sur de Salta.

La tragedia ocurrió el jueves 17 a las 10.30. “De golpe vi que se incendiaba el avión”, cuenta Héctor a Clarín , que lo visitó en el Hospital San Bernardo. Aquella mañana, Héctor se levantó temprano, desayunó y fue hasta el avión: “Siempre le pego una chequeada pre vuelo. Veo si no tiene nada suelto y miro el motor. El avión estaba al pelo”, dice.

A las 6.45, Héctor voló hacia el oeste a fumigar 60 hectáreas de soja, de las 1.000 que tiene la estancia. “Esa parte del campo es complicada. Hay varias cortinas de árboles altos que hay que saltar en cada pasada con el insecticida en vuelo rasante, a dos metros de altura sobre el cultivo y a 180 kilómetros por hora”, explica Héctor, a quien le extrajeron desde su pierna derecha una arteria para hacerle un bys pas en el codo izquierdo.

A las 10, el avión ya había hecho tres pasadas al campo. Volvió a llenar la tolva con insecticida porque faltaban las cabeceras, paralelas a las cortinas de árboles. “La primer pasada la hago de oeste a este. Al ir por la segunda viro hacia la derecha y el avión me hace una ‘chanchada’, pierde potencia y no me levantaba la nariz. Estos aviones a nivel del mar vuelan bien. En los cerros no. Acciono la palanca de emergencia para soltar el insecticida y quedar más liviano, y nada. Vuelvo a accionar la palanca y no recuerdo más: el avión ya estaba en el suelo”.

Con las llamas en la trompa, Héctor se quitó el cinturón. Agarró su bolso de primeros auxilios y abrió la escotilla. “Ahí me di cuenta que tenía quebrado el brazo. Logré salir. Me paré. Vi el avión hecho pedazos. Corrí veinte metros y caí. Me quedé ahí porque vi que estaba a salvo por si explotaba la máquina”.

Al dolor por la quebradura, se sumó que Héctor no podía ver con su ojo izquierdo. Al caer el avión, le salpicó insecticida: “No soportaba el tremendo ardor”, recuerda. “Siempre llevo en el avión una botella con agua. Fui por ella. Cuando estaba cerca me dije ‘ya me salvé, no vaya a ser cosa que explote el avión y muera’. Entonces volví hacia atrás y aguanté el ardor”, dice.

A las 10,30, Héctor abrió su bolso de emergencia y buscó la brújula. Intentó llamar por su celular y no tenía señal: “Rato antes, había visto desde el aire a un grupo de peones y me dije qué hace esta gente en medio de la nada. Después les agradecí que me salvaron la vida”.

Brújula en mano, Héctor escuchó un avión. “Era mi jefe que me estaba buscando –recuerda–. Como las gomas ardían, corté como pude ramas verdes de los árboles y las puse sobre el fuego para que hagan humareda. Volví a sentir volar más cerca. Busqué otra rama y salí a un descampado y le hice señas a mi jefe”.

Con ganas de salir de ese infierno, Héctor miró la brújula y emprendió la retirada: “El monte se me convirtió en una selva impenetrable. No podía avanzar. Había muchas espinas”.

Sigue: “Vi un arroyo seco. Me puse cuerpo a tierra y me arrastré unos treinta metros. Vi que eran las 12 y el tiempo me parecía una eternidad. Sentí voces a lo lejos. Pensé que eran alucinaciones. Que ya me iba a morir”.

Cansado, Héctor se recostó. Volvió a escuchar voces y esta vez comenzó a gritar. “Un peón llegó a verme y gritó ¡Está vivo el piloto! Le pregunté su nombre y me dijo Manuel. Luego vino Juan Garay, el encargado de la estancia, y lo primero que le pido es un poco de agua. No tenía. Pero me alentó para que no baje los brazos”.

Cuando los peones sacaban al sobreviviente hacia el sembradío, los cruzó la Policía. “No tenían ni una gota de agua. Luego, me dicen que ya venía un helicóptero para llevarme a Salta. Un rato después consiguieron agua para darme”, concluyó Héctor.



“Esta no fue mi primera emergencia”

02/03/11

El cordobés Héctor Londero, oriundo de Colonia Caroya, no sabe lo que es hacer un salame picado grueso. Justamente porque no dedicó su vida a lo que estaba a mano en su Córdoba natal, sino a algo mucho más sofisticado. Primero aprendió el oficio de su padre, mecánica de autos, pero quería, por decirlo de algún modo, fierros más pesados. “En Córdoba Capital – dice- hice el curso de piloto profesional y comercial”.

En el año 2005, hizo el curso de Aero Aplicador, en Zárate, provincia de Buenos Aires y de a poco fue ganando experiencia en el oficia de pilotear naves y mirar el mundo desde las alturas. “No es la primera vez que tengo una emergencia -explica-. Una vez, en el sur, se me saltó una bujía del motor y el avión comenzó a perder potencia y me venía abajo. Logré mantener arriba la nariz del avión y busqué un claro. Me jugué y aterricé”.

El jueves por la noche, luiego del accidente, Héctor llamó por teléfono a Miguel y Adriana, sus padres que estaban de vacaciones en la capital cordobesa. Se tomó su tiempo para que la noticia no los impactara. Pero no es lo mismo decir me caí andando en bicicleta que mi avión se vino a pique y se estrelló contra el piso. Héctor, entonces, hizo lo que pudo. “Primero le pregunté a papá cómo estaban y me dijo que la estaban pasando bien. Ahí le dije que había tenido un accidente. Que mi avión había caído y que no se aflijan. Al otro día estaban al lado mío, al igual que mi hermano y mi cuñada. Y agradezco todo lo que hizo mi jefe Sebastián y su familia”.

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