miércoles, 24 de junio de 2015

Columna | Lic. Albareda: “A Rey muerto, Rey puesto”

El reino de la falsedad, el reino de los hipócritas. Abrazos mendaces, mentiras, búsqueda de la propia conveniencia.

Es el jefe que te aplaude de frente y genera contubernios, arreglos vituperables a tu espalda.
Te sonríe, te despide con un cordial saludo y detrás tuyo hace ingresar a su oficina a quien está entrenando para que ocupe tu lugar. No lo dice, ¿sabrás adivinarlo? 

Sólo es cuestión de tiempo. Él sabe esperar. Te niega información, gestiona con otros, te entretiene con tareas carentes de importancia. Deja que permanezcas en tu “zona de confort”, vallada con alambre, para impedir que escapes disparado a la gestión, a la motivación. Te acorrala.
Yo también me di cuenta. Intenté salir. Pero su poder era mayor. 

Mi cabeza estaba escindida, alarmada y angustiada por tanto tiempo de menoscabo. Y, al mismo tiempo, reuniendo energía para no enfermar, para abrirme camino. Salir del sojuzgamiento. Aprender que estos jefes actúan así por estrategia, por mantener viva la Institución, por lo tanto, deben prescindir de quien antes fue importante, de la persona a quien ellos mismos buscaron, convocaron y promovieron.

Ahora, la supervivencia institucional requiere “carne joven”, “sangre fresca”. Y no pueden hacer cambios paulatinos. Apuntan directamente a la Reingeniería, al cambio brusco.

Reingeniería no es mejorar lo que ya existe, sino  desechar lo actual para recomenzar. Es reinvención, reformulación completa de los procesos existentes. La reingeniería busca resultados óptimos inmediatos, a diferencia de otros enfoques que se caracterizan por buscar resultados paulatinos.

Este Jefe no leyó la Columna del Mes de Enero, no tiene idea lo que es vivir al borde del caos.

Pero echar, indemnizar, es un costo económico altísimo, imposible de solventar. Y tampoco es “políticamente correcto” porque se cansaron de hablar de “esta gran familia  que es nuestra Institución” y, de repente te envían un telegrama obligándote a renunciar, firmado por ¿quién? ¿Por el alma páter? No, eso no. Firma alguien de Recursos Humanos, total, es su obligación.
A quienes aún quedan trabajando se los manda a “cuarteles de invierno”. Ya no piensan, vegetan. Algunos comienzan a arrastrarse (Metafóricamente… claro… ¿o no?). Se van muriendo junto con el potus del escritorio. Las estampitas pegadas en la compu están descoloridas. No se distingue: ¿Era San Benito ó la Virgen de Loreto?

Hablando de jefes. ¡Hay que entender al pobre Pedro Dynamo! Pedro Dynamo arma equipos con los recursos humanos de que dispone, otra no le cabe. 
Y también él estará en una cuerda floja dentro de 10 años, superado por estos pichones de hoy. Y la Institución lo empujará: “Jubílese, córrase, no moleste, deje paso”.

Hoy, la jefatura le pide: “Gestione, Dynamo, gestione”. Y ahí anda, conteniendo a su empleada llorosa que ve inmediata la jubilación y no sabe qué hacer de su vida;  tratando de convocar a los desmotivados, conflictivos,  con mentalidades rígidas como un bloque de granito. ¡Pero aún son empleados de Planta! Qué difícil llevar proyectos adelante con gente así. Es como llevar una vaca en brazos.

Un claro ejemplo es Gladys, quien comenta: “Es que me duele un oído” y se queda dos días en la casa. Regresa. La cara trae una mueca, un rictus. Hoy se va de la oficina más temprano: tiene consulta con un cardiólogo. Es que los accesos de taquicardia la tienen preocupada. La próxima semana la ecografía abdominal, a fin de mes, la tomografía de…

Otra vez lunes. Otro reingreso a la oficina. Escenario esquizoide. Por un lado están las/los compañeros de Gladys en situaciones similares, descastados, o sea, los “sobrevivientes institucionales” agobiados, desmotivados, pidiendo días por enfermedad con demasiada frecuencia. Aún tienen puesto el salvavidas y sacan la cabeza por sobre la línea de flotación. Sobre la superficie, en suspensión, un cartelito dice: “No baje los brazos, manténgase, peligro de ahogo”.
A ellos, Gladys les cuenta sus desventuras: “Ahora que no me siento bien, el jefe me pone mala cara” (Hace 25 años que comenzó su depresión, poco aportó).

No sólo llora, también se desconcentra, pierde tiempo, se va de la oficina a las 11 para el almuerzo de las 12 y regresa a las 14. Ya está, pasó el día. Busca el catálogo de Avon que dejó en otro sector, prepara la cartera para irse temprano. Para qué esperar a las 16. Listo. Las 15.30 y  en la calle. ¿A dónde va Gladys? A su solitaria casa, con su solitaria mascota, con la pantalla de TV como único elemento que –al funcionar-  le traerá vida a su vida. Enciende el aparato. Ahora sí. Ahora encontrará motivos para conversar mañana, aparte de compartir informes de consultas médicas y estudios radiológicos.

Claro. No se preparó. Creyó que este momento de declinación institucional estaba lejos. Les había sucedido a otros. Ahora lo transita y padece.
¡Pobre Pedro Dynamo! Siempre remando, absorbiendo, conteniendo; no le presta mucha atención a la gente, pero la incorpora a las tareas.

Pero, en este ámbito virtual de los Factores Humanos, existe otro tipo de jefe: Marcelo Piedrabuena. La antítesis. Éste disfruta poniendo mano dura. Inteligente, frío, calculador, seductor, manipulador. Si se quiere, hasta más eficiente que Dynamo, quien suele ser tan negociador que se le escapa el tiempo entre los dedos.

Piedrabuena convoca, convence “somos una gran familia”. Abraza y patea a la misma persona con media hora de diferencia.

Para mañana se decretó desinfección del edificio durante las dos primeras horas. Hoy, yo no fui a trabajar, ya que estuve todo el día en comisión en otra dependencia. 
Piedrabuena disfruta no avisándome. 
Mañana llegaré a la hora de siempre y encontraré cerrada la entrada.
Mañana estaré dos horas en McDonald, gastando dinero, que no me sobra, hasta que abran las puertas del edificio en el que trabajo.

A propósito: según como se lo mire, McDonald es tanto una cafetería como un hospicio para gente abandonada por la sociedad, que pasa parte de su vida suponiendo que es valiosa porque una señorita lo mira a la cara y le pregunta qué desea.

Y, por último, en esta semblanza sobre “jefes”, una palabra sobre Lucía Lapunta, CEO de la compañía, que otea todos estos escenarios desde su madriguera de 50 m2 alfombrados, con vista al río, varios pisos por encima de los mortales. Para ella todo lo anterior es una película que se repite tediosamente. No le va su vida en la vida de los demás. Sólo pretende que la organización recambie, innove y continúe. Ella también tiene su propia “zona de confort”.

            Lic. María del Carmen ALBAREDA
Licenciada en Psicología
Capacitadora en Factores Humanos
mdelcalbareda@yahoo.com.ar

La yapa



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