miércoles, 5 de agosto de 2015

Columna Lic. Mendoza | "La bomba en la Torre de Control Ezeiza"

Lic. Esteban M. Mendoza
El 17 de marzo de 1992, a las 14:45 hs, la Embajada de Israel en la República Argentina sufría un ataque terrorista que dejaba un saldo de 22 muertos, 242 heridos y la destrucción total de la sede de la embajada y del consulado.

Para esa fecha, yo hacía apenas poco más de un mes que había llegado de pase a la Torre de Control Ezeiza, proveniente de la Torre de Control del Aeropuerto de la “República de Santiago del Estero”, república en donde nací y en donde inicié mi carrera aeronáutica. De esos casi 45 días, en lo que para mí era el inicio de mi peregrinación al templo de todo saber aeronáutico, 30 días me los tuve que fumar en comisión en lo que en ese momento se llamaba la Policía Aeronáutica Nacional (PAN), hoy denominada PSA, honor que supe “ganarme” por mis supuestas competencias lingüísticas (inglés) que dicho sea de paso, jamás pude ejercitar ya que en esa dichosa comisión nunca me crucé, ni siquiera, con un solo mortal proveniente de las tierras angloparlantes.
Es más, durante todo ese tiempo en el que hice guardias en puestos tan “claves” que nadie sabía que existían, las únicas personas que veía, eras los relevos de guardia, es decir: los otros afortunados que (supongo) también habían sido abducidos por ser poseedores de alguna competencia innecesaria para dicha tarea.

Recuerdo que solo en una oportunidad tuve “la dicha” de ver a otro ser humano ajeno a la bendita PAN. Lamentablemente se trataba de un hombre mayor que había fallecido en el extranjero y cuyo cuerpo era repatriado a nuestro país en un vuelo comercial y como el protocolo así lo exigía, tuve que escanearlo para buscar algo... aún no sé que, ya que no tenía (ni tengo) la menor idea de como leer las imágenes de un scanner de seguridad aeroportuaria! 

Pasada la prueba de fuego y luego de un tiempo, supe que para ese entonces el Aeropuerto Internacional de Ezeiza recibía una inspección de seguridad de la Federal Aviation Administration (FAA) de los Estados Unidos de Norteamérica y como la PAN estaba en etapa de ser reconstruida luego de muchos años de permanecer desactivada, tenía una carencia absoluta de personal y necesitaba de manera urgente gente “en comisión”, gracia que yo y otros perejiles supimos ganarnos por caer de pase en el momento justo, o por la cara... ¡vaya uno a saber!
Por suerte esa inspección no duró más de un mes, ya que 30 días fueron más que suficientes para que seamos condecorados con “la estrella negra en seguridad aeroportuaria”, por ser nuestro aeropuerto tan permeable a posibles ataques terroristas como un colador lo es al matecocido con yerba sin palitos.

Los lectores más veteranos recordarán que antes de esa fecha, los simples mortales podían ver los aviones desde terrazas abiertas que había en los edificios del aeropuerto o detrás de un cerco metálico que unía los dos espigones principales y que rodeaba todas las plataformas. Los lectores aún más longevos recordarán, si es que no sufren de Alzheimer o de demencia senil, que también se podía disfrutar de los aviones y casi tocarlos, mientras se nadaba en la piscina que había en plena plataforma de estacionamiento de aviones (a la altura de lo que hoy es el sector entre las posiciones 9 y 12 de la Terminal B) y que pertenecía al Hotel Internacional del aeropuerto.
Luego de esa inspección, el paisaje cambió para siempre (¡y todo lo demás también!)      

Pasada esa experiencia, en la que llegué a pensar que jamás iba a controlar un “fucking” avión internacional en toda mi vida, por fin pude regresar a la torre de control e iniciar mi entrenamiento para obtener la habilitación local. 

Hace unos días, no sé porqué, miles de imágenes de esa etapa de mi vida, se hicieron presentes en mi memoria mientras dictaba un curso y debo jurar que, entre un poco de nostalgia y otro poco de espanto, recordé algunas cosillas más y una anécdota que hoy quiero compartir en esta columna.  

A principios de los años 90´ la Torre de Control Ezeiza así como el Aeropuerto, el ACC y todo el sistema aeronáutico de nuestro país y del mundo eran otra cosa, algo muuuuyyyyy diferente de lo que es hoy, ni mejor ni peor, simplemente muy diferente. Por ejemplo:   
  • No existían los conceptos de Seguridad Operacional ni de Factores Humanos, por lo menos no por estos pagos! 
  • El entrenamiento para obtener una habilitación local en la Torre de Control Ezeiza podía llevar hasta 10 años!!! Si, así era y para ese momento de la historia aeronáutica de nuestro país, eso significaba que un controlador solo era reconocido por sus pares como tal, una vez que podía demostrar que era capaz de controlar con los ojos cerrados, a puro cálculo matemático, en inglés antes que en español, de día, de noche, con tornado, con diarrea, sin división de frecuencias operativas, mientras comía, con dolor de panza, “embarazado”, recién llegado de su otro trabajo o de la pachanga, etc. 
  • El RADAR solo era una herramienta de trabajo digna de un ACC, en las Torres de Control había que desarrollar cierta capacidad cognitiva para construir un mapa mental 3D con un 60% más de vuelos de los que hay en la actualidad y con una infraestructura aeroportuaria insuficiente para atender a la demanda de esa época, muy superior a la actual. Nota: el primer RADAR de la Torre de Control Ezeiza, fue un invento del gran Ricardo Bonzo, un piloto que tenía su avión basado en el aeropuerto (desde antes de la existencia de AA2000) y que con un monitor de tv de 14 pulgadas en blanco y negro, una cámara de seguridad y varios metros de cable coaxil, se tomó el trabajo de copiar la señal de una pantalla del ACC y llevarla a la torre para que los torreros tuviésemos la posibilidad de, por lo menos, ver los puntitos de una pantalla en desuso. Por supuesto, esta entrañable acción le valió para transformarse en nuestro héroe aeronáutico!!!
  • No existían los gremios! (ni siquiera uno solo y sin embargo se percibía el espíritu de equipo, el sentido de pertenencia y todos tiraban para el mismo lado).
  • Las calles de rodaje de los aeropuertos no se identificaban con letras sino con números. En Ezeiza ni siquiera se había construido la actual calle de rodaje Hotel.
  • Ezeiza operaba simultáneamente con las tres pistas y sus seis cabeceras, con otras mínimas, con otra técnica, con otra eficiencia y prácticamente sin demoras! Esto se aprendía en el ruedo y con la experiencia del día a día, ya que el acceso a la documentación actualizada estaba restringida a ciertas esferas. 
  • Los paneles y el mobiliario eran casi en su totalidad de chapa y hierro y cada tanto te quedabas pegado, casi seco y con las patitas temblorosas cuando te daba una descarga eléctrica mientras controlabas. 
  • La cultura de la organización era OTRA. Los recién llegados no tenían nombre ni apellido hasta tanto no alcanzaran su habilitación local. Todos compartían el mismo nombre: “pendejo” y su competencia básica era la de cebar mate mientras recibían instrucción, eran entrenados y aprendían a controlar.
  • El cargo de instructor no existía. Cuando un “pendejo” llegaba a su nuevo destino era tutelado por quien sería su “maestro” y a quien seguiría e imitaría hasta en los detalles mínimos para llegar a alcanzar la condición de “destete” o hasta recibir un boleo en el orto por inútil y terminar pivoteando por cualquier otra dependencia, muy lejos de un avión de verdad.    
  • Casi ninguna mujer tenía la posibilidad de habilitarse en Ezeiza, a menos que fuese capaz de comerse los mocos, evitar las lágrimas, olvidarse de su ciclo menstrual y no mearse encima cuando era cagada a pedos! La que pasaba esa etapa, dejaba de ser una mujer para convertirse en controladora y se ganaba el respeto profesional de cualquier macho alfa!
  • La mayoría de controladores tenía un background más que importante, lo que les permitía operar en otros idiomas, aparte del inglés y el español, ya que en muchos casos habían sido entrenados en el exterior, lo cual los dotaba de una experiencia tal, que un controlador actual difícilmente podría alcanzar en toda su carrera. Un caso era el de “el Alemán Cohn” (fallecido el año pasado y que aparece en el video de esta columna) que controlaba al Lufthansa en un alemán envidiable o a los vuelos de VASP, Varig o a cualquier otro vuelo proveniente de Brazil, en un portugués digno de un carioca recién venido de la playa!   


Como dije, las cosas eran muy distintas en ese tiempo y tratar de entenderlas o juzgarlas con las reglas del ahora, no solo no sería adecuado sino que denotaría un fallido, producto de un lamentable ¡error hermenéutico! 

Bien, por ese entonces, en la torre teníamos varios “personajes” que se destacaban por alguna singularidad. Este es el caso de “mi mano en tu cartera”, apodo que le pusimos a un controlador cleptómano, acostumbrado a quedarse con cositas que no le pertenecían: algún dinerillo que sacaba de las billeteras y carteras, aparatos de telefonía fija de las oficinas, comida y bebida que guardábamos en la heladera, fajas de progreso de vuelo que vaya a saber uno que uso les daba fuera de la torre, lapiceras, etc. “Mi mano en tu cartera” era conocido por sus malas costumbres así que si tenías la desgracia de compartir un turno con él, lo mejor era andar con todos tus bártulos a cuesta. Lamentablemente y con el correr de los años y la falta de tratamiento psicoterapéutico, esta patología se hizo cada vez más pronunciada, al punto de llegar a formar una banda delictiva junto con otros “cleptos” como él, que se dedicaban a afanar pasacassettes de los autos del estacionamiento del aeropuerto, vaciar oficinas en turnos nocturnos y revender los productos obtenidos entre gente de las propias oficinas y dependencias de control. Tal fue la mala suerte de uno de esos amigos de los ajeno, que intentó venderle un pasacassette al propio damnificado de sus fechorías, hecho que desencadenó una serie de investigaciones que terminaron con “mi mano en tu cartera” y su banda de forajidos, dados de baja y lejos del mundillo aeronáutico. 

Cuando sucedió lo de la Embajada de Israel, “mi mano en tu cartera” aún trabajaba en la torre de control. Recuerdo que al poquito tiempo de aquel atentado, las autoridades del aeropuerto y la reconstruida PAN, organizaron una simulación de ataque terrorista a la torre de control sin advertirle a nadie de sus intenciones (como debería ser un verdadero simulacro). El ejercicio consistía en que durante el turno de la noche, momento en el que las operaciones aéreas se reducían al mínimo, ya que solo operaban los vuelos cargueros (correo, diarios y carga paga internacional), un grupo de “técnicos” se haría presente en la torre de control para realizar unas reparaciones y de paso dejar un regalito olvidado: una caja de cartón conteniendo ¡una bomba! Dicho ejercicio había sido planificado para ser ejecutado a media mañana.

Recuerdo que al llegar esa mañana a mi turno matutino junto con mi “maestro” y supervisor de turno y relevar a “mi mano en tu cartera” que había estado “operando” toda la noche, observé una caja de cartón, cuadrada y del tamaño de una caja de zapatos (quizá un poco más grande) apoyada sobre la heladera de la torre. No le presté mayor atención ni le di mucha importancia porque en ese lugar casi todo era posible.

Bien, nuestro turno se desarrolló con normalidad y entre operaciones y operaciones hablábamos de muchas cosas, entre ellas lo del ataque terrorista a la Embajada de Israel. En un determinado momento, observé a mi “maestro” atender uno de los tantos teléfonos que había en la torre y abrir grande los ojos y la boca. Una vez que colgó, se quedó mudo, pálido y me dijo: “pendejo...pusieron una bomba en la torre”, calculo que mi cara de no entender bien lo que decía fué suficiente como para una aclaración poco cortés “pelotudo, nos metieron una bomba en la torre y vamos a volar en pedazos en cualquier momento”. Creo que si no me desmayé en ese preciso instante, merecía automáticamente haber sido habilitado localmente a pesar de no tener más de un mes de entrenamiento! “La PAN está subiendo y están desalojando el edificio” agregó.

A los pocos segundo la torre de control fue literalmente invadida por una docena de efectivos de la PAN, un par de perros que parecían no haber probado bocado por varios días y unos agentes vestidos como para una guerra bacteriológica, cargando elementos detectores de algo (estimo que de bombas o metales). Nos ordenaron seguir haciendo lo nuestro, yo esperaba que dijeran: “salgan ya y corraaaaaaaannnnnnn” pero no, no fue así. Primero nos revisaron a nosotros y luego barrieron cada rincón de la torre buscando la bomba. No sé cuánto tiempo pasó, pero NUNCA la encontraron, así que empezaron a interrogarnos si habíamos visto la dichosa caja de cartón. Yo conté lo que había visto al llegar a la torre y listo. Mi “maestro” ni siquiera se había percatado de la existencia de la bendita caja. Conclusión, la caja no estaba por ningún lado y la cara de los uniformados era de desorientación absoluta, hasta que a alguien se le ocurrió preguntar por el controlador que había salido de turno. Fue en ese preciso momento que nos cayó la ficha: “mi mano en tu cartera” se había afanado la bomba! Y lo peor era que se la había llevado a su casa. Inmediatamente comenzaron los llamados telefónicos para localizarlo y luego de varios intentos lograron comunicarse con su señora la cual les informó que su esposo estaba durmiendo. “Mi mano en tu cartera” vivía en el monoblock 18, un complejo de departamentos muy popular de Villa Celina, Partido de La Matanza, en el que vivían varias familias aeronáuticas.   

Una vez que “mi mano en tu cartera” pudo responder el teléfono, confesó que efectivamente tenía la caja en su poder pero que no la había abierto. Que se había “confundido” con una caja que solía llevar a su trabajo (¿?¿?¿?¿?¿?¿?), que la tenía en su auto y que la devolvería al día siguiente. Imagino la cara que debió poner cuando le dijeron que lo que había dentro de la caja era una bomba, que debía manipularla con extremo cuidado, no abrirla bajo ninguna circunstancia y que debía traerla de inmediato al aeropuerto. Yo a su vez, me imaginaba que de haber sido una bomba de verdad y de haber explotado según el “plan terrorista” hubiésemos visto desde la torre de control el honguito de la explosión sobre Villa Celina mientras desaparecía de la faz de la tierra todo el monoblock 18! O en el peor de los casos, si el plan fallaba y la bomba explotaba fuera del horario previsto, imaginaba la fila de autos que, detenidos sobre la Autopista Ricchieri, observan como el bólido manejado por “mi mano en tu cartera” explotaba de la nada, esfumándose en el éter y dejando un cráter en plena autopista! En cualquiera de los dos casos, el honguito hubiese sido visible desde la torre.

Por supuesto, esta anécdota quedó escrita a fuego en la historia de la vieja Torre de Control Ezeiza. Sin embargo estimo que, debido a los tiempos modernos que están plagados de inmediatez y acontecimientos efímeros, esta y otras anécdotas estarán guardadas en los recuerdos de los pocos sobrevivientes de aquellos otros tiempos y absolutamente ausentes de las huellas mnémicas de los “controllers” contemporáneos. 

Para cerrar esta columna, me gustaría compartir un viejo video que se grabó en la torre de control, a solo días de aquel fatídico atentado de la Embajada de Israel y que fuera emitido por el viejo canal de televisión “Argentina Televisora Color” (ATC).

En el video aparecen: el famoso Alemán Cohn controlando; el jefe de la torre de aquel entonces tratando de explicar lo inexplicable (una gran persona a la cual le perdí en rastro hace tiempo) y yo haciendo de ayudante del controlador. Si prestan atención podrán observar y escuchar varias cosas curiosas que mencioné anteriormente.

Un detalle que me parece absolutamente gracioso: el grado de seguridad con el que el jefe de la torre de control aseveraba que el aeropuerto estaba en condiciones de afrontar y evitar cualquier atentado terrorista.





Agradezco a Roberto por haberme dado la posibilidad de participar en su nuevo libro “Factores Humanos y Seguridad Operacional”, como co-autor, que espero ya hayan comprado.

He dicho!
Lic. Esteban Mendoza
emendoza@isea-virtual.com


2 comentarios:

  1. Muy buena anécdota!!! Muy bien escrita y divertida

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  2. No puede parar de reírme, muy buena anécdota.

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