miércoles, 14 de octubre de 2015

Columna Lic. Mendoza | El efecto pigmalión: ¡serás lo que quiero que seas!

Lic. E. Mendoza
Pigmalión, rey de Chipre, cansado de esperar a la mujer perfecta, decidió dedicar su vida a la creación de esculturas de mujeres hermosas para compensar su desgraciada búsqueda. Así fue que creó a Galatea, una estatua de la cual se enamoró tanto, que llegó a soñar que la estatua cobraba vida.

Ovidio (43 a.C. – 17 d.C.), autor del clásico La metamorfosis, relata el sueño de Pigmalión de la siguiente manera:

Pigmalión se dirigió a la estatua y, al tocarla, le pareció que estaba caliente, que el marfil se ablandaba y que, deponiendo su dureza, cedía a los dedos suavemente, como la cera del monte Himeto se ablanda a los rayos del Sol y se deja manejar con los dedos, tomando varias figuras y haciéndose más dócil y blanda con el manejo. Al verlo, Pigmalión se llenó de un gran gozo mezclado de temor, creyendo que se engañaba. Volvió a tocar la estatua otra vez y se cercioró de que era un cuerpo flexible y que las venas daban sus pulsaciones al explorarlas con los dedos.  
Cuando Pigmalión despertó se encontró con la diosa Afrodita, quien conmovida por el amor del rey hacia Galatea, decidió convertir a la estatua en una humana, regalándole el don de la vida.  "Mereces la felicidad, una felicidad que tú mismo has plasmado. Aquí tienes a la reina que has buscado. Ámala y defiéndela del mal", le dijo Afrodita a Pigmalión.

Galatea y Pigmalión
Jean-Léon Gérôme (French, Vesoul 1824–1904 Paris)
The Metropolitan Museum of ART
El Efecto Pigmalión, que toma su nombre de este relato, puede ser entendido de diferentes maneras, pero básicamente lo es a partir de los resultados positivos o negativos que se esperan del comportamiento de una persona y según las creencias que esta tiene de sí misma, cuando en definitiva dichas creencias son, a su vez, el producto de lo que los demás pretenden que esta persona crea que son. O porqué no, del fallido de cualquiera de estos resultados. 

Dicho de manera más simple, el Efecto Pigmalión se trata sencillamente de que las personas se conviertan en lo que yo quiero que se conviertan y por supuesto que actúen en consecuencia. 

¿Pero cómo es esto posible? 

Varias ciencias y disciplinas han estudiado este fenómeno, aplicándolo a diferentes áreas y con diferentes propósitos. Los estudios más fáciles de encontrar y comprender son los realizados en áreas propias de la Psicología, Pedagogía y Sociología. Al final de esta columna dejo algunos ejemplos prácticos.

¿Cuál es el mecanismo por el cual una persona puede convertirse en la persona que yo quiero que se convierta? 

Existen, por supuesto, varios factores que deben estar presentes y que son necesarios para que este mecanismo se realice de manera efectiva. 

Primero es importante entender que los seres humanos nos comportamos siempre en base a cuatro dimensiones: 
  1. La dimensión de lo que soy”: pocas personas (verdaderamente pocas), saben lo que verdaderamente son; saben lo que hay más allá de ese constructo plagado de apariencias, egos y personajes fabricados. Cuando una persona sabe lo que verdaderamente es, todo...absolutamente todo lo que la rodea pierde razón de ser. Es el estado sublime donde desde lo más simple a lo más complejo deja, literalmente, de existir para esa persona. Es el estado propio de los “iluminados”, de los “santos” y de otras joyitas por el estilo. 
  2. La dimensión de lo que creo que soy”: es lo que me dicen mis creencias que soy, que suele ser bastante diferente de lo que verdaderamente soy. “Soy una buena persona”, “soy una persona respetable”, “soy un ganador”, “soy un pelotudo”, “soy”...generalmente viene acompañado de la versión declarativa de lo que creo ser, lo que aflora sin esfuerzo, lo que conozco. Esta dimensión siempre está definida por la mirada de los otros y es el resultado de un proceso de identificación y construcción de la personalidad que, como mínimo, conlleva la misma cantidad de años de vida que tenemos. 
  3. La dimensión de lo que quiero que los demás crean que soy”: es la suma de personajes y egos que construyo y sostengo (y que me sostienen) para interactuar con todos y con cada una de las personas que me rodean y para actuar en cada diferente situación en la que me veo involucrado. “Soy un buen padre”; “digo las cosas de frente”; “siempre se la agarran conmigo”; “nadie me entiende”; “a esa mina no me la banco”; etc. Esta dimensión requiere de un enorme y permanente esfuerzo cognitivo, ya que se trata de “actuar” según el guión y el personaje de la obra que represento y que creo que los demás han diseñado para mí y que quiero que los demás representen conmigo. 
  4. La dimensión de lo que los demás creen que soy (también definido por el discurso de “los otros”: la moral, las costumbres, la cultura y el contrato social)”: es lo que los demás perciben en base a mis comportamientos, conductas y por sobre todo a sus propios filtros y experiencias personales. Yo puedo construirme el personaje del “tipo interesante, intelectual, que la tiene clara y que sabe de lo que habla” pero ese otro puede percibir otra cosa y creer que en realidad “soy un pescado imberbe con aires de superioridad que no dice ni una sola palabra interesante y que de tanto bolazo que hablo ya no puedo vender ni humo” (se les ocurre algún nombre?) 
Seguidamente, si lo que se pretende de una persona es una modificación de su conducta (que esta no solo se comporte como quiero sino que sea lo que quiero que sea), esta no debe ser consciente de lo que se pretende de ella. Por lo general las personas logran fijar ciertas creencias sobre sí mismas en base a una serie de variables que se dan de manera simultánea, de manera repetitiva, a través de varias fuentes y de manera significativa (principalmente que la afecte emocionalmente). Por ejemplo, si un trabajador se encuentra dentro de en un entorno de interacción social y laboral, en el que todo el mundo lo trata de “inútil”, terminará convencido de que lo es y creando las circunstancias para actuar como tal. Si a esto se le suma un refuerzo negativo familiar, a “inútil”, entonces “inútil y medio”. 

Por supuesto, aquí entra en juego otro concepto conocido como “profecía autocumplida” del sociólogo Robert K. Merton, que dice que “una profecía autocumplida o autorrealizada es una predicción que, una vez hecha, es en sí misma la causa de que se haga realidad. (...) Una vez que una persona se convence a sí misma de que una situación tiene un cierto significado y al margen de que realmente lo tenga o no, adecuará su conducta a esa percepción, con consecuencias en el mundo real.” 

Si nos detenemos tan solo un minuto a pensar en ejemplos, nos daremos cuenta de que permanentemente actuamos y creamos las condiciones para aquello que predecimos. “El dólar va a subir” y por supuesto, el dólar termina subiendo; “estoy seguro de que me engaña con otro” y por supuesto terminaré limpiándome los cuernos; “me va a salir mal” y pos supuesto que ¡así será! No se trata de conjuros o declaraciones mágicas sino de que, de una forma u otra, nos encargamos de crear las condiciones y situaciones para que “aquello” que pronosticamos se cumpla. Salimos todos corriendo a comprar dólares ante el menor rumor y por lo tanto la demanda hace que el precio suba; perseguimos tanto a esa personita con el tema “engaño” que en definitiva no solo le despertamos el bichito de la curiosidad sino que le propiciamos el camino para hacerlo y le damos la excusa perfecta para concretarlo. Nos enfocamos tanto en resultados desastrosos que lo único que vamos a lograr es eso: resultados desastrosos!  

Ahora bien, si lo que pretendemos es provocar resultados negativos en una persona, esta debería caracterizarse por ser poseedora de una baja autoestima y una baja autosuficiencia, lo que permitirá que sea más permeable a los mensajes subliminales y corrosivos de “los otros”. Sin embargo y a pesar de que la persona “objeto” parezca bastante segura de sí misma y se desenvuelva de manera autosuficiente, reiterados golpes a las piernas, terminarán dejándola de rodillas y lista para ser moldeada a gusto y piacere. 

El mecanismo es sencillo:    


Sujeto A: puede ser consciente o no de la intencionalidad de sus acciones dirigidas. Si es consciente busca un objetivo en concreto. Si no es consciente puede a su vez estar inducido por un tercero que pasa a convertirse en sujeto A. Hago lo que quiero pero en realidad hago lo que el otro quiere que haga. Y así la cadena...el comecoco!

Sujeto B: Puede percibir y reaccionar de acuerdo a como se quiere que reaccione, pero puede reaccionar de manera diferente y sin condicionamientos. Soy el torpe que los demás quieren que sea, o a pesar de que me perciben de esa manera demuestro ser lo opuesto o actúo por conveniencia haciendo que los demás crean que lo soy, convirtiéndome a la vez en un Sujeto A (contratransferencia).

¿Y cómo se da esto en el ámbito laboral?

Existen innumerables ejemplos. La “estigmatización” es la manera más conocida de aplicación de este fenómeno. A través de la estigmatización, buenos trabajadores, excelentes profesionales y operadores productivos, suelen ser descalificados bajo cualquier excusa. Por lo general se los rotula y se establecen mecanismos para que ese rótulo (estigma) sea conocido por el resto de los trabajadores, los que de manera “alienada” terminan actuando en contra de la persona estigmatizada. 

El caso contrario se da en la conformación de equipos de trabajo y equipos de proyecto, integrados por personas que, si bien tienen cierta formación o capacitación, carecen de otras competencias necesarias como para funcionar dinámica y productivamente en equipo. Una buena arenga motivadora en la cual se resalten las virtudes de los miembros del equipo y la importancia de los logros alcanzados, bastará para que de alguna manera esas personas logren cohesionarse en favor de las metas y objetivos propuestos. Asimismo, las personas que son recompensadas y tratadas de manera amable y respetuosa, logran identificarse casi inmediatamente con la cultura de la organización, con sus líderes y con los objetivos, logrando resultados muy diferentes respecto de aquellas personas que son denigradas y olvidadas.

¿Y cuáles son los fallidos más comunes?

El primer fallido es cuando la persona “objeto” se encuentra instrumentada de tal manera que sus creencias no están determinadas por la mirada de los otros, sino por sus propias convicciones, es decir que se encuentra más próxima a “la dimensión de lo que soy” que a “la dimensión de lo que creo que soy”.  Estas personas actuarán, vivirán y serán según sus principios y creencias, muy a pesar de lo que “los otros” pretendan que actúen, vivan o sean. “Me enterraron pero no sabían que yo era una semilla.

Haciendo uso de un argumento propio de la falacia ad hominem (¡me hago cargo!), diré que otro de los fallidos más comunes en estos tiempos modernos aeronáuticos, es la superpoblación, autodesignación o designación compulsiva de especialistas (que en la realidad solo alcanzan el estatus de pseudo), que creyéndose el personaje, actúan como tales (a medias, por supuesto) y sin ningún tipo de reparo, se paran delante de una clase o de un auditorio a recitar frases hechas y mal aprendidas o a discursar sobre la nada misma, profiriendo una burrada tras otra. Este es un ejemplo bastante común y bastante preocupante, ya que lo que se ha logrado es una mediocrización estructural de la capacitación aeronáutica en la mayoría de las instituciones. 

En los tiempos actuales, cualquiera “prepara un temita” (para la gilada obvio), cualquiera “diseña un curso o se arma una capacitacioncita” (o los destartala en el más fiel de los sentidos), cualquiera “decide académicamente” (cuando a pesar de haber estudiado corte y confección, hace gala de una maestría en pedagogía obtenida en la universidad de wikipedia), cualquiera “habla con pretendida autoridad intelectual, pretendiendo estar ante la ONU, comiéndose las “eses” mientras trata de hilvanar alguna frase inentendible” y cualquiera se hace llamar “profesional” cuando cree que es merecedor de ese “título” por hacer simplemente lo que tiene que hacer o porque solo puede sostenerse a través de otro tipo de argumento falaz, el ad verecundiam. El fallido en este caso, se da precisamente porque no basta con creerse el personaje, porque lo que le falta a ese personaje es el relleno (la formación, la capacitación, la experiencia, la pericia, el respeto por el otro, el conocimiento fundado). El peligro de esta situación es que “del otro lado” suele haber gente que verdaderamente “sabe” y que siente una terrible vergüenza ajena cuando quien debería enseñarle no sabe ni donde está parado. Son estos personajes lo que aparecen siempre desnudos ante la mirada del que los escudriña con espanto y asombro.    

Finalmente y antes de dejar algunos ejemplos, me gustaría recomendar la lectura de la columna de Sebastián Campanario titulada “El efecto estigma: ojos que no ven, billetera que no siente” (Clic aquí) publicada en el suplemento Economía del Diario La Nación el día domingo 20 de septiembre de 2015.

Algunos ejemplos:
  • En la novela Traficantes de dinero de Arthur Hailey, se da un caso paradigmático de profecía autocumplida. Una campaña de activismo cívico para presionar a un banco comienza con los rumores (no necesariamente verídicos) de que ese banco está próximo a quebrar. La gente se dirige en masa a retirar sus depósitos alarmada por el rumor, de modo que el banco, por estas retiradas masivas de efectivo, comienza a acercarse de verdad a la quiebra profetizada por aquel rumor.
  • Un jefe entra en la oficina donde están sus trabajadores y observa a uno de sus subordinados, al que aprecia mucho. El jefe no se da cuenta pero entra con una sonrisa de lado a lado y además habla con un tono amigable y le ofrece tareas que fomentan el crecimiento intelectual. Hasta este momento el subordinado no tenía ningún pensamiento (ni bueno ni malo) hacia su jefe, pero ante estos estímulos es más sencillo que él comience a sentir amistad por su jefe. Sin darse cuenta el jefe, el resultado de la relación entre él y su colaborador ha llegado a la situación que tenía en mente el jefe pero que ha sido favorecida por acciones propias que no ha observado pero que ha realizado realmente.
  • Por otro lado también existen efectos de Pigmalión con el mismo resultado (se consigue el fin que se tiene en mente) pero de tónica negativa. El jefe no aprecia a un subordinado aunque no sepa cuál es la razón para ello. El subordinado no tiene ningún tipo de opinión sobre su jefe. Cuando llega el jefe lo hace con cara agria, tono imperativo y le asigna tareas que están muy por debajo de la capacidad de su colaborador. El subordinado tiene más probabilidades de acabar realizando sólo ese trabajo pues recibe estímulos que le dirigen hacia esa situación. Al final el jefe dice "Sabía que no podía dar más" sin darse cuenta de que muchos signos que recibe el colaborador son creados por el jefe de forma velada incluso para él mismo.
  • Basado en un experimento real: Se forma una clase de colegio con alumnos iguales, sin diferencias intelectuales, todos capaces de realizar la misma tarea con resultados similares (aprobar el curso). A un profesor se le saca de clase, y se le dice qué alumnos tienen una capacidad más elevada de la media, y un gran futuro. También se le dice que ciertos alumnos tienen una capacidad más limitada que la media, y que no llegarán muy lejos. Todo ello en realidad es mentira, pero al finalizar el curso se observa que aquellos alumnos de los que se esperaba un alto rendimiento lo tuvieron, y aquellos de los que se esperaba un bajo rendimiento tuvieron unas calificaciones mediocres. Ha ocurrido el efecto Pigmalión. El profesor ha tratado de forma diferente a los alumnos de los que esperaba un alto rendimiento, preguntándoles más en clase, retándoles con desafíos intelectuales. Los alumnos que se consideraban más atrasados se les ignoraba y no eran estimulados.

He dicho!
Lic. Esteban M. Mendoza
emendoza@isea-virtual.com

1 comentario:

  1. Muy buena nota,esas situaciones suceden el cerebro,enserado en un lugar oscuro la caja craneana,por medio de los cinco sentidos vista oidos en casos con fallas conjuntivitis otitis etc con estos datos tiene que barruntar la realidad para el famoso 'yo' que lo recibe como si fuera.luego depende del yo mas o menos filosofico de cada
    Saludos
    Victor

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