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Lic. Albareda | Un gran personaje con un ego infantil

Éxito y poder, autoridad y prestigio, una profesión desempeñada con años de éxito.
Haber ingresado en plena juventud, haber aprendido y haber obtenido cargos.
Pero también… sumar años… que desgastan… cansan y hacen ver la realidad desde una óptica parcial.  Personas con cinco décadas cumplidas y que no terminan de garantizar madurez ni calidad humana. Más aún, cuando han ido construyendo una imagen grandiosa de sí mismo, con frecuencia aparece el miedo a ser descubierto en sus debilidades y se lo oculta con autoritarismo y arrogancia.

Y son estos personajes, tan poderosos como frágiles, tan dueños de los espacios de trabajo, los que se ven amenazados por la irrupción de su propio ego infantil, intolerante y caprichoso.
Hoy recuerdo dos viejos conocidos de estas Columnas: Pedro Dynamo y Gladys.
Ambos, ya grandes, con mucha experiencia (y años).

Cómo se reconocen las reacciones infantiles ¿O neuróticas?

Cuando comienzan a desaparecer el humor de antaño, la empatía, la discreción en el hablar y en el actuar, el tacto social, el equilibrio emocional y se vuelven frecuentes los ataques de furia, la hipersensibilidad a cualquier comentario y hasta las mentiras y exageraciones, nos hallamos ante la aparición del “ego infantil”.
Estas reacciones infantiles aparecen cuando las cosas no salen como ellos quieren, cuando la visión de túnel no les permite apreciar al otro con sus diferencias.
Ah, sí, y sabemos que el otro SIEMPRE es diferente.

Las frustraciones son parte de la vida y pueden aparecer como una limitación transitoria o permanente. Pero nuestro personaje de hoy (Instructora ó Instructor, Supervisora o Supervisor, Jefa o Jefe, Empleada/Empleado) puede considerar que todo lo que ocurre a su alrededor es una frustración, es una ofensa hacia su persona y su experiencia, y reacciona de manera desproporcionada ante los límites a los que lo someten la realidad y los otros. Una forma de tiranía, que no admite las reglas del resto de los mortales.


La furia puede volcarse, por ejemplo, sobre una/un operativo joven, recién llegada/llegado al destino.
Es que la jovencita/el jovencito simplemente no actúan como esta Instructora/Instructor espera, haciendo gala de gran espontaneidad, cierto desparpajo y ¡mucha juventud!
El desparpajo y la juventud (y, aún peor, si hacen gala de conocimientos) ponen en peligro posiciones logradas en el campo laboral de Pedro Dynamo y de Gladys, y la necesidad de satisfacer reclamos infantiles les impide actuar como personas maduras. El ego infantil genera reacciones impulsivas en las que se pierde la capacidad de juicio y fallan la reflexión y la evaluación acertada de las consecuencias de sus actos.
Y entonces aparecen frases como: “A vos nunca te van a dar un Contrato”, “Sos un imberbe inmaduro”, “Creés que porque hablás inglés podés llevarte el mundo por delante”, “Ustedes, creen que se las saben todas”, “Aquí, nadie trabaja como yo”.

Se pone toda la energía al servicio de frenar la “pérdida” de autoestima, buscando pavonearse, creyendo que se genera más poder, creyendo ganar una apuesta imaginaria. Se hace ostentación de poderío verbal. Y muchas veces, si hay más auditorio: mejor.
Nada más lejos de lo esperable de una Supervisora/Instructora experimentada o Supervisor/Instructor experimentado, con sólido dominio de sus emociones
Es cierto que estas son reacciones que cualquiera puede tener ante un fracaso o  una frustración o ante lo que se considera una “invasión de juventud en la oficina”.
Lo importante sería que en un segundo tiempo se abandonaran estos mecanismos para reforzar y estabilizar los de largo alcance. Entonces debieran replantearse errores cometidos, mejorar la comunicación y reconstruir lo dañado. Si este cambio de perspectiva no aparece, tampoco habrá crecimiento y aprendizaje de la experiencia, es decir madurez. En ese caso la "sobredosis” de ego será una figura trágica que preanuncie el derrumbe.

Ante la presunción de perder poder o prestigio o cargo, las personalidades narcisistas tienden a aferrarse a conductas mezquinas en vez de desplegar una mayor generosidad, la que les permitiría trascender y, a la vez, recuperar el reconocimiento y el afecto de su gente.
Si Pedro Dynamo se molestó con Juan, será suficiente para que, a partir de ese momento, Juan aparezca en todas los turnos de los próximos quinientos fines de semana.
Si Gladys comprendiera que en lugar de amargarse y criticar podría ocupar un rol de líder, de consejera, de guía, de mentor de tantos que necesitan capacitación, ofreciendo una palabra amorosa y certera, entonces mostraría su verdadero poderío, su real valía.

Y cuando la pérdida del poder real es vivida con intenso dolor, entonces la agresión ya no se vuelca sobre el otro sino sobre sí mismo, apareciendo la queja repetida, el autorreproche, el sentimiento de derrota y soledad. ¡Para qué toda mi experiencia! ¡Tantos años de mi vida metidos en este Aeropuerto! ¡A nadie le importa! ¡Cualquier recién llegado ocupa un cargo!

Este es el final… the end… la pérdida de una batalla librada sólo… contra uno mismo.

                                                                                                  Lic. María del Carmen ALBAREDA
                                                                                                    Psicóloga
                                                                                                    Capacitadora en Factores Humanos
                                                                                                    mdelcalbareda@yahoo.com.ar

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